Luz y Sombras.
A veces uno se acostumbra a estar siempre para los demás. Las personas te buscarán cuando necesitan algo de ti. Te pedirán información, colaboración, una palabra amiga. Y muchas veces, con todo el amor del mundo, uno deja sus propios espacios para dárselos a otros. No importa si es alguien cercano o un completo desconocido… lo haces porque así lo dicta tu corazón, porque así entiendes la vida.
Pero también hay otro lado de la experiencia. Ese en el que uno, un día, también necesita acompañamiento, un oído atento, una palabra que sostenga… y ahí es donde descubres que la reciprocidad no siempre existe. Que la capacidad de dejar el propio espacio para sostener a otro no es tan común.
Vivimos en una sociedad donde es más fácil mirarse al ombligo que mirar a los ojos del otro. Donde las prioridades giran alrededor del yo, y el “tú” se vuelve un lujo. Ni hablemos si extendemos esa mirada hacia otras especies y nuestro planeta.
Convivimos en un mundo con una salud mental fracturada, con diagnósticos crecientes de narcisismo, egoísmo y una peligrosa hipocresía emocional. Hemos perdido o nunca aprendido el arte de cuidar, de acompañar y de existir para algo más que nuestra propia comodidad.
No se trata de estar siempre, sino de aprender a estar cuando el otro realmente lo necesita. La empatía no se mide en discursos, se mide en presencia. Tal vez, si empezamos por algo tan simple como levantar la mirada y ver de verdad al otro, podamos recuperar un poco de humanidad. Y si la recuperamos… tal vez también salvemos lo que queda de nuestro mundo.

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